
Tremenda ironía. Qué cosas...


Escritor o gato. Hoy no querría estar en ningún otro lugar que no fuera este cuarto. Nada comparable a la sensación de descubrir la mañana a través del cristal, hacer un amigo, compartir ese andar por los suelos. Para qué respaldo teniendo esquina, silla teniendo suelo. Sobre la cómoda, la música, sobre la mesa, el tabaco. Después de la conversación con el felino la satisfacción de saber que por fin se ha encontrado un cómplice para el que todo lo que se dice está lleno de significado. La alegría del gato. El ronroneo propio y el del gato. La risa propia y la del gato. El sol. El calor del sol a través del cristal. Y la realidad, esperando fuera, lejos, más allá del gato, justo en el punto en el que termina el gato. Un país en lo que abarcan dos siluetas. Tu sonrisa de gato en el país de las maravillas.




Mi cumpleaños llegó cargado de respuestas:

Urgencias. Esta mañana. Cuando parecía que Marcello ya estaba curado, se ha despertado hoy con el ojo cerrado otra vez. Pero hoy ha sido distino, hoy no paraba de maullar, de gritar y no había casi forma humana de controlarlo. Veterinario. Le temblaba el carrillo, le hemos puesto un analgésico mientras intentábamos que permaneciera quieto. Y no, la angustia no era nueva, no era un arranque de maternidad recién estrenada, de sensibilidad animal o rollo empático con lo natural. Las ganas de llorar han vuelto como en una pesadilla, con envidia, subiendo desde mi estómago hasta mis ojos. Pero mi insitinto está bien entrenado y he logrado contenerlas hasta llegar a casa. No sé que me ha pasado, pero derrepente esos maullidos de dolor, de indefensión, de bestia al fin y al cabo han resonado en mi interior con un eco primitivo. Un eco sonoro que nada tenía de consecuencia sino de acto. Era el dolor allí sin una razón detrás salvo el dolor mismo. Y algo me ha arañado el corazón con la profundidad que hace tiempo busco para romperme yo también y gritar dolores antiguos que no acuden nunca, que se resisten a aparecer aunque los cite con palabras, aunque los provoque en cada sesión de terapia. Un gato es más libre que yo y carece de emociones. Yo las tengo todas y estoy atrapada. Sé que darse cuenta de algo así ya vale la pena. Valen la pena muchas cosas en mi vida. Soy Dresde despues de los bombardeos y ya hace tiempo que las mejoras, la recontrucción empieza a notarse. Brotan, como decía en días pasados, hierbas nuevas entre los adoquines, el tiempo ha mejorado, la polución es menor y hay días en los que hasta me parece ver el cielo iluminado. Lo cuento porque es curioso, porque me ha pillado por sorpresa y eso no es fácil; el dolor de mi animal me ha llevado a mi dolor escondido. Y ahora supongo que mi dolor tiene que ver con la impotencia sentida por no haber podido hacer nada para evitar lo inevitable, porqué no supe hacer magia, desarrollar algún superpoder, pactar con el diablo, por qué sólo fui yo y no fue bastante. Yo no creo que haya respuestas para eso. Creo en los amigos, en la voluntad, en la determinación, en la persecución de un objetivo sin desanso: ser feliz y que haya y quede suficiente gente a mi lado con quien celebrarlo. Ay.


Grinberg Alexander. Photos of 1920-30s. The USSRLunes. Algo me pasa. Podría correr sobre la línea del horizonte, descalza, estirándo los brazos hasta acariciar las nubes. ¿ Como sabemos que en realidad no son sólidas, por qué creer que sobre ellas no se levanta un infinito donde se encuentran nuestros sueños en cajas de colores? No sé que me pasa. Hoy soy feliz y eso no es propio de mí. Al menos no de esta manera...
