22.9.11

Pesa-dila

Pesadilla, que nombre tan ridículo, tan poca cosa; que manera de disimular,de esconder el horror que se puede llegar a experimentar con un mal sueño. Pesadilla. Ensaladilla. No sirve para nada. Palabra inútil. Quizá sirva para devolvernos a la realidad, para sosegarnos. Has tenido una pesadilla, bueno, con ese nombre no debe ser grave. Se me pasa. Ya. PUES NO.

21.9.11

Remember 2001


Desperté
y mi cintura
estaba llena de palabras:
de te quieros malditos
de mortales miradas
de tus besos furtivos
entre rimas frustradas.
Desperté
y mi cintura
era una fiesta
con guirnaldas.

18.9.11

Lo sabían

Recuerda que estaba loca por él. Este verano tenía quince años, llevaba el pelo corto, y le habían comprado dos bañadores: uno amarillo flúor (estaban de moda)  y otro verde y naranja en el que se podía leer "Call Me" seguido de un número de teléfono cualquiera. Eran otros tiempos y aquel bañador era políticamente correcto. Estaba delgada, nunca tanto como las demás, pero su índice de masa corporal era más que aceptable.Sin embargo, no tenía ni la más remota idea de aquello. Pero no fue ése el verano en que las cosas cambiaron, eso ya había empezado a ocurrir tres años atrás. Hasta la fecha seguía sin entender cómo funionaban las cosas. Quizá la culpa era del cole de monjas, todas chicas. Los chicos estaban ahí fuera, como los extraterrestes o los fenómenos paranormales.
Estaba loca por él y ya había besado a unos cuantos.  Pero sin éxito. O mejor decir que éxito sí, mucho, demasiado, más del que era consciente y más del que podía comprender. Pero ese verano y ese invierno ella estuvo loca por él. Tenía cinco años más que ella. Era del grupo de los mayores, porque cuando tienes quince años siempre lo son. Tonteaban en la piscina, jugaban en el agua, ella se divertía y poco a poco se fue enamorando de él. Así funcionan las cosas a los quince años. Después todo se complica. Enamorarse es a esa edad una condición necesaria, como el carnet de la biblioteca o del videoclub. Enamorase y luego comenzar a imaginar besos de película, besos con travelling incluído, besos idiotas, mucho. Pero a menudo la realidad cuenta con unos escenógrafos pésimos. La primera vez que la besó estaban en su casa, la de él. La copa Davis, Roland Garros, no, por las fechas debía ser Wimbeldon, sí. La verdad es que ni entonces ni ahora le ha interesado lo más mínimo el tenis. Pero allí estaban besandose en el salón mientras se oía al juez de pista con sus noes recriminatorios. Cinco años a veces significan muchas cosas. Por eso la clandestinidad. Tan inocente como para no vivir aquello como algo de lo que presumir sino más bien como algo secreto, romántico, muy rosa. Las películas de las sobremesas del fin de semana han destrozado más de un imaginario adolescente. Y así fue un par de veces más ese verano. Besos clandestinos, besos y algún codo defensivo porque el amor que imaginaba solo consistia en eso, en besos, muchos besos. Y después movimientos raros, amigos que reprochan pero que reprochaban porque querían lo mismo, lo mismo pero para ellos; amigos protectores pero solo presuntamente. Y entonces, ¿cómo entender nada?¿Cómo saber quien era el malo? ¿Lo era ella acaso?
Tenía quince años y estaba enamorada de él y sí, lo pedía, lo pensaba, lo desaba porque si hubiera nacido cinco veranos antes entoces, estaba convencida, serían felices para siempre. Porque al principio lo que llamos amor se reduce a besos sin más y para siempre. Pero no fue así. Obvio.
Después de ese verano pasó de todo, pasó demasiado, pasó mucho que no hacía falta que pasase y los quince años se convirtieron en un lugar al que no volver jamás, ni siquiera con todo lo aprendido ahora, ni siquiera para tomarse la molestia de editar los recuerdos. Bueno, se decía, pero se deslizaba por un tobogán de desafecto y falta de autoestima. Con todo, aquel amor de quince años resulto inocuo. Lo supo cuando vino todo lo que vino después. Llovió, mucho, llovió todo lo que podía llover y algo más. Y durante años ella sintió que ya no la lluvia, sino un monzón se cernía sobre ella. Bueno, pensó otra vez, en ocasiones, esto es lo que hay. Las niñas buenas van al cielo y las malas, las malas invitan siempre a la última ronda. Con los años, los besos, y las copas se hicieron buenos amigos. Dejó de estar enamorada de él para enarmorarse de otros tantos con intensidad y final similares. Donde hay patrón no manda marinero. Y su patrón se repetía sin descanso. Lo bueno del tiempo, lo mejor que tiene el tiempo es que pasa, con mayor o menor rapidez pero pasa.
Hoy, veinte años después, recibe un mesaje suyo en el móvil.  Lo bueno que tienen los años también es que curan heridas y las suyas hoy, mientras lee su mensaje, le quedan ya muy lejos. Contesta: "Estoy bien ¿y tú? " Algunas conversaciones deberían autodestruirse como los mensajes de los agentes secretos. Justo después de la primera frase. "Me he divorciado, estoy muy bien. Estoy en Alicante. Vente." WTF?!!! Por un momento se siente como una call girl, sí, porque además, mientras hablan o se escriben, lo mismo da, ella está con el mocho (su fregona deluxe ha querido caracterizarse para darle dramatismo a la escena) fregando la casa. Está pensando en su tía, la que dice que no tenía aspiraciones de pequeña y que tras dos neumonías casi ya no le quedan de mayor. Está pensando en que sus aspiraciones son de la última invasión de chinches que invadió su colchón. Porque ahora sí, los únicos vampiros que la liban son pequeños y es legal su exterminio. Mientras tanto él insiste. "Coge un avión. vente a Málaga. Cobarde." Y ella sigue pensando en que acaba de quemar la resistencia de su aspiradora y con ella gran parte de sus aspiraciones. Tengo un trabajo, dice, y al instante se da cuenta de que cada vez se está metiendo más en el personaje. Ahora está en el baño, echando salfumán al inodoro. Lleva una mascarilla puesta. Un cuadro. Pero se revuelve, quizá los vapores del salfuman sean buenos para estos asuntos, y  decide defenderse escribiendo un par de frases rápidas que le den en plena línea de flotación (con los años es una ninja del rejoneo instantáno). El contrataca, rápido, con un par de frases que le hacen parecer sensible. Game Over. El sátiro e finito. Hablan como personas aunque queda claro que tras el divorcio él ya está pesando en la segunda ronda. Pero qué ridículo pretender erotismos tan burdos. Si él supiera que ella está mascarilla en cara y escobilla en mano limpiando el váter...  La conversación acaba y a ella le da miedo salir a la calle: Quizá esta vez los ochenta hayan vuelto para quedarse. La coversación se acaba y ella piesa, mocho en mano, que a este paso lo siguiente será que volvamos a los árboles y que, después de eso, nuestros recién desarrollados pulgares tecnológicos nos devuelvan al modo anfibio. Donde quiera que estén, los dinosaurios se reirán de todos nosotros. En vez de trompetas escucharemos una carcajada interestelar venida de otro plantea. Los dinosaurios lo sabían. Por eso hiceron mutis por el foro. Los dinosaurios, que especie más elegante. Y no como nosotros, los monos.

14.9.11

Las cosas de la vida, las cosas del querer.

Mi equipo financiero está en contacto permanente con las principales bolsas del mundo. No tengo primas de riesgo, solo unas cuantas en Asturias y otra en Madrid y me consta que son buena gente. Siguendo la doctrinas del filósofo Escohotado he comprobado que no hay mal que resista a 36 horas de sueño y un prudente ayuno, y que de la piel pa' dentro mando yo. Yo soy mi estado soberano y no conozco otra frontera que las lindes de mi cuerpo. Dicho esto, acabo de modificar mi constitución y aunque sigo teniendo el mismo contorno de caderas, mi techo de gasto ha sido fijado hoy mismo, y de ahora en adelante a pesar de que a día de hoy es de uralita, confío en que pronto y gracias a las medidas tomadas con la inestimable ayuda de mi equipo financiero, pronto, muy pronto, será un techo con su aislante y una cubierta a prueba de bombas, la envidia de los ingenieros vaticanos. Entonces oireis campanas que nada tendrán que ver con el anuncio de un nuevo Apocalípsis financiero sino la señal inequívoca de que se me han concedido, finalmente y por derecho propio, mi nuevo par de alas. Acto seguido, los océanos se volverán chiquitos y los sobrevolaré todos. Mis superhéroes mientras tanto trazarán nuevos mapas llenos de direcciones secretas donde ser feliz. Dirigiré mi propia compañia aerea de la que seré el único miembro. Hasta entonces, estad tranquilos, yo ya hace un tiempo que soy millonaria, que si de una cosa estoy segura es de que el cariño verdadero ni se compra ni se vende ni se paga con dinero. : )

Try a little tenderness

8.9.11

Las vírgenes encontradas


Como cambia el cuento. El año pasado creía que eran perdidas. Hoy día 8 de septiembre es el día de las vírgenes encontradas, todas ellas en santuarios de difícil acceso, excavados en la roca en lo más alto de altas montañas. Y es mi santo.
Me ha llamado. Me ha dicho que va a intentarlo, que se ha dado cuenta de que se estaba abandonando al sueño, escondida también en un lugar remoto ,tb de difícil acceso. Y me he emocionado. Quiero recuperarla. Necesito recuperarla. No podría haber elegido un regalo más perfecto.

Conociendo a Mastorna

GUIDO


¿Sería ésta la segunda vida, la vida verdadera? ¿Ésta la meta a la que debemos de llegar después de tantos años de miedos, de afanes, de soledad, de dolor? ¿Una vida tan pobre y amarga, todo para llegar a esta fiesta malhadada? ¿Es éste el reino de Dios? (con un grito desesperado) ¡Es imposible! Con todas mis fuerzas, con toda mi pasión, con toda mi inteligencia, con todo mi corazón yo grito: ¡es imposible que la muerte sea esto! ¡No debemos aceptarlo, no podemos aceptarlo!

El viaje de Mastorna. Federico Fellini.

30.8.11

Poco a poco

Tiene sentido
que nos de tanto miedo soltar el segundo brazo,
lanzarnos al
                                                                                                     [vacío. ]

29.8.11

Hacemos lo que podemos

Ignorance by Philip Larkin

Strange to know nothing, never to be sure
of what is true or right or real,
but forced to qualify or so I feel,
or Well, it does seem so:
someone must know-

Strange to be ignorant of the way things work:
their skill at finding what they need.
their sense of shape, and punctual spread of seed,
and willigness to change;
yes, it is strange,

Even to wear such knowledge - for our flesh
surrounds us with its own decisions-
and yet spend all our life on imprecisions,
That when we start to die
have no idea why.

24.8.11

Jazz Messenger By HARUKI MURAKAMII

July 8, 2007

I never had any intention of becoming a novelist — at least not until I turned 29. This is absolutely true.
I read a lot from the time I was a little kid, and I got so deeply into the worlds of the novels I was reading that it would be a lie if I said I never felt like writing anything. But I never believed I had the talent to write fiction. In my teens I loved writers like Dostoyevsky, Kafka and Balzac, but I never imagined I could write anything that would measure up to the works they left us. And so, at an early age, I simply gave up any hope of writing fiction. I would continue to read books as a hobby, I decided, and look elsewhere for a way to make a living.
The professional area I settled on was music. I worked hard, saved my money, borrowed a lot from friends and relatives, and shortly after leaving the university I opened a little jazz club in Tokyo. We served coffee in the daytime and drinks at night. We also served a few simple dishes. We had records playing constantly, and young musicians performing live jazz on weekends. I kept this up for seven years. Why? For one simple reason: It enabled me to listen to jazz from morning to night.
I had my first encounter with jazz in 1964 when I was 15. Art Blakey and the Jazz Messengers performed in Kobe in January that year, and I got a ticket for a birthday present. This was the first time I really listened to jazz, and it bowled me over. I was thunderstruck. The band was just great: Wayne Shorter on tenor sax, Freddie Hubbard on trumpet, Curtis Fuller on trombone and Art Blakey in the lead with his solid, imaginative drumming. I think it was one of the strongest units in jazz history. I had never heard such amazing music, and I was hooked.
A year ago in Boston I had dinner with the Panamanian jazz pianist Danilo Pérez, and when I told him this story, he pulled out his cellphone and asked me, “Would you like to talk to Wayne, Haruki?” “Of course,” I said, practically at a loss for words. He called Wayne Shorter in Florida and handed me the phone. Basically what I said to him was that I had never heard such amazing music before or since. Life is so strange, you never know what’s going to happen. Here I was, 42 years later, writing novels, living in Boston and talking to Wayne Shorter on a cellphone. I never could have imagined it.
When I turned 29, all of a sudden out of nowhere I got this feeling that I wanted to write a novel — that I could do it. I couldn’t write anything that measured up to Dostoyevsky or Balzac, of course, but I told myself it didn’t matter. I didn’t have to become a literary giant. Still, I had no idea how to go about writing a novel or what to write about. I had absolutely no experience, after all, and no ready-made style at my disposal. I didn’t know anyone who could teach me how to do it, or even friends I could talk with about literature. My only thought at that point was how wonderful it would be if I could write like playing an instrument.
I had practiced the piano as a kid, and I could read enough music to pick out a simple melody, but I didn’t have the kind of technique it takes to become a professional musician. Inside my head, though, I did often feel as though something like my own music was swirling around in a rich, strong surge. I wondered if it might be possible for me to transfer that music into writing. That was how my style got started.
Whether in music or in fiction, the most basic thing is rhythm. Your style needs to have good, natural, steady rhythm, or people won’t keep reading your work. I learned the importance of rhythm from music — and mainly from jazz. Next comes melody — which, in literature, means the appropriate arrangement of the words to match the rhythm. If the way the words fit the rhythm is smooth and beautiful, you can’t ask for anything more. Next is harmony — the internal mental sounds that support the words. Then comes the part I like best: free improvisation. Through some special channel, the story comes welling out freely from inside. All I have to do is get into the flow. Finally comes what may be the most important thing: that high you experience upon completing a work — upon ending your “performance” and feeling you have succeeded in reaching a place that is new and meaningful. And if all goes well, you get to share that sense of elevation with your readers (your audience). That is a marvelous culmination that can be achieved in no other way.
Practically everything I know about writing, then, I learned from music. It may sound paradoxical to say so, but if I had not been so obsessed with music, I might not have become a novelist. Even now, almost 30 years later, I continue to learn a great deal about writing from good music. My style is as deeply influenced by Charlie Parker’s repeated freewheeling riffs, say, as by F. Scott Fitzgerald’s elegantly flowing prose. And I still take the quality of continual self-renewal in Miles Davis’s music as a literary model.
One of my all-time favorite jazz pianists is Thelonious Monk. Once, when someone asked him how he managed to get a certain special sound out of the piano, Monk pointed to the keyboard and said: “It can’t be any new note. When you look at the keyboard, all the notes are there already. But if you mean a note enough, it will sound different. You got to pick the notes you really mean!”
I often recall these words when I am writing, and I think to myself, “It’s true. There aren’t any new words. Our job is to give new meanings and special overtones to absolutely ordinary words.” I find the thought reassuring. It means that vast, unknown stretches still lie before us, fertile territories just waiting for us to cultivate them.

Rostro de la tragedia


La guerra será larga pero hemos comenzado a ganar algunas batallas. Como puede apreciarse en esta foto* el enemigo está sitiado. Sus fronteras y su valor se debilitan.

23.8.11

Cómeme si tienes huevas



Estoy segura. Moveré la cama y en el rodapié encontraré una pintada así en algún momento. Escrita con mi sangre a patas de pulga -el trazo irregular es por los saltos. Sí, sé que se esconden en mi cuarto. Atacan por las noches. Se refocilan a lomos de Marcello y cuando oscurece saltan sobre mí y liban hasta hartarse.
Esta misma noche las he sorprendido abandonándome, caminando por el colchón ebrias de trementina y largos besos. Cerdas. Gordas. Ahítas.Tambaleantes. Borrachas de sangre. Vampiras. Incapaces de reaccionar han caído en la emboscada tendida por mi mano. Eso sí, estaban tranquilas, serenas como nunca. No saltaban, para qué. Qué podían saber ellas de la serenidad con marca registrada que me corre por las venas.
Cómeme si tienes huevas.

22.8.11

Pulgas




Me están comiendo viva. Empieza a parecer que tengo sarna. Me rasco, claro, pero es perverso. Uno empieza y entiende como los animales, carentes de sentido del pudor, son capaces de echarse una pierna a la nuca para lamerse los huevos o rascarse una oreja. No es que servidora haya llegado a ese extremo, pero ayer tuve que echarme Talquistina en los brazos para calmar el dolor. Esto empieza a parecerse a la varicela.

Una parte de la casa ya ha sido saneada, aunque confieso que casi me cuesta un pulmón. Como aquella vez que sólo se me ocurrió rocíar el matacucarachas hacia el techo para caer sobre mí segundos después. Hay que ser idiota. Y menos mal que estaba sola, que había que verme haciendo ruidos con la garganta mientras intentaba aliviar mi paladar con agua. IMbécil. Y ahora pulgas.

HOy espero poder hacerme fuerte en mi cuarto. Qué verano. Esto solo lo mejora una buena tormenta. Ay.

21.8.11

Travesuras estivales





Estamos en ello. Todos los superhéroes orbitan en torno a esta ciudad. Regresan las naves a los hangares como cada final de vacaciones. Una vez más me he quedado en tierra; como si no fuera capaz de subir las rampas de despegue a tiempo; como si, cada vez, lastrasen con plomos el vuelo de mis faldas. Me falta velocidad en la salida. Tocata y fuga es la consigna.


Debería contratar a un tatuador de mantras.




Insisto, lo creo, lo firmo: los superhéroes somos gente muy profesional. Una pequeña brigada de 3-4 miembros estamos haciendo pequeñas razzias en algo parecido al mundo del ocio y la risa. Travesseras travesuras. Pequeñas venganzas para zurzir una ciudad que se agrieta en un largo y cálido verano que hace solo unos días echó a andar. Casi por casualidad recuerdo que tengo caderas, espalda, nuca. Bailo y me dejo llevar.




Me decido a acercarme a la orilla. Dejaré que me arrastre esta corriente que ahora noto en torno a los talones y me promete una historia de la que no seré capaz de controlar el argumento. Hay que probar cosas nuevas. Y me pregunto si serás capaz de hacerme volar.

16.8.11

Un olvido imperdonable

copy: Gilliam Lambert

Yo soy la culpable y se me olvida. Todos lo saben, pero a mí se me olvida. Yo soy la culpable.