18.8.08

Las vacaciones de G.



Cuando conocí a G yo era un edificio que necesitaba ser demolido. Habían pasado ya unos años - aún hoy soy incapaz de recordar cuántos- desde que en el corto periodo de nueve meses perdiera a mi padre a mi abuela y a mi hermano. Ellos tres conformaban tres tercios del cuarteto de amor incondicional de afecto que había dibujado mi vida hasta entonces. Quedaba mi madre. La mujer más fuerte del mundo. Mi wonder woman de salón. Una mujer que se sorprende todavía ( creo que sólo han pasado tres años) cada vez que siente que no ha conseguido superarlo. Su instinto de supervivencia se pronuncia inasequible al desaliento. Y la admiro por eso. También me rompe por dentro, para qué engañarnos. Yo misma no sé dónde ha ido a parar la cuota de dolor que me tocaba sentir ante semejantes acontencimientos. A veces creo que no la he sudado del todo, que la reprimo y hay días que mi tristeza cotidiana se suma a esta tristeza presuntamente catártica y también, como no, a mi tristeza de siempre. Cuando eso ocurre la realidad me abandona. Me provoco entonces un estado de ensoñación nada bucólico, más bien macabro que en nada ayuda a sentirme mejor. Conocí a P. que me mal trató que es lo mismo que decir que me trató mal. Pero de todo lo malo que yo hubiese podido hacer por mi misma, y reconozco que para eso todos tenemos talento, no fue la peor ecuación. Pero estuvo más que cerca. Antes que G. la vida me regaló a E. mi pequeña E, y con ella llegó la corriente de afecto más incondicional. Después del dolor, casi antes de extirparme a P. llegó a mi vida G. y con ella la conciencia de que es posible reconstruir un país en ruinas. O una vida. Se puede perder una vida pero hay otras. No te mueras sin decirme a dónde vas. Hay otras vidas en ésta. La vida que detesto es un profesor que utiliza una regla de madera para golpearnos de vez en cuando. Pero después aprendemos. Después del dolor, recordamos. Después del dolor llega la lucidez. Aquello que necesitábamos para respirar deja paso a nuevas formas de encontrar aliento. Y aparecen los amigos de siempre y los nuevos amigos. Y aprendemos. El miedo a la pérdida de lo que amamos es un tatuaje indeleble. Descubrimos el miedo a olvidar. "Nada de lo que sucede se olvida jamás, aunque no puedas recordarlo". Descubrimos cápsulas de oxígeno escondidas en las películas que no conocíamos antes. Y los nuevos amigos. Amigos que nos gritan cuando no nos ven, cuando nos alejamos, cuando elegimos quererlos desde la distancia para que nuestro cariño no los toque y quizá los condene, maléficamente, a alejarse de nuestra compañía. Amigos como G. que me conoció cuando yo no era más que un edificio que necesitaba ser demolido. Para empezar de nuevo. Llena de esperanza. G. es un libro que mira al mundo. Por eso la foto. Las vacaciones de G. Mi alegría antes de cerrar las maletas. Me quedan dos semanas de vacaciones. Tiempo de encontrar mi propia foto. Y cómo no... Ay.

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